domingo, 10 de enero de 2010

SINOPSIS - LOS MONJES DE LA CRUZ

Safe Creative #1101318381696
Fray Justino y Fray Andrés, son dos religiosos enviados de España a fundar una casa de su Orden en la Capital de la Nueva España, la época es a finales del Siglo XVI y principios del XVII. Después de una travesía de poco mas de tres meses, los religiosos desembarcan en la Villa Rica de la Vera Cruz. Las condiciones del clima de la costa, les obligan a permanecer hospedados en la Casa Franciscana de la villa Rica durante cinco meses, en espera de que pase la temporada de lluvias y tratar de llegar a Xalapa antes de la temporada de los Nortes.

A principios de Septiembre los Hermanos de la Cruz se pusieron en camino; se habían integrado a un grupo de viajeros, quienes iban escoltados por una Partida Militar, pues eran frecuentes los ataques de indígenas descontentos con la presencia de españoles en sus tierras. El viaje fue penoso, pues el cruzar por esas tierras pestilentes hacía lento el paso de las carretas y las caballerías. Los Hermanos viajaban en sendas mulas, animales resistentes para esos viajes por terrenos difíciles. A finales de Septiembre arribaron a la Villa de Xalapa, dejando atrás las tierras bajas que tantas molestias les habían causado. Fuera de pequeñas escaramuzas, no habían tenido mayores dificultades con las bandas de asaltantes de aquellos lugares.

Los Hermanos llevaban cartas de presentación para el Padre Rector de la Casa Franciscana, donde fueron recibidos con auténticas muestras de cariño, siendo alojados en una pequeña celda, con el mismo austero amueblado que tenían las de los hermanos residentes. En la semana que permanecieron en Xalapa, Fray Justino escribió cartas a sus Superiores, informándoles de las condiciones del viaje y de lo que pensaban que podrían tardar para llegar a la Capital de Nueva España. Escribieron también algunas cartas a las autoridades de la Capital y, desde luego, al Señor Arzobispo, quien ya estaba enterado de su próxima llegada.

Ocho días después reiniciaron su viaje, esta etapa ya la harían a bordo de una carreta de pasajeros, pues el tiempo de lluvias así lo ameritaba, además habría que vencer un paso de montaña muy complicado. El siguiente lugar de descanso sería Perote, en la parte mas alta de la montaña; viaje que les llevó casi doce horas de traquetear en la carreta, que trasmitía a sus ocupantes, las irregularidades del camino de tierra. En Acultzingo se cambiaron caballerías y se arregló la rueda de una carreta, que milagrosamente llegó, luego de tan áspero camino. Demoraron dos días en las reparaciones y luego siguieron hacia Orizaba, en la parte alta de la montaña. Era solo un caserío grande que cobraba vida cuando llegaban las carretas. Un clima frío y húmedo cubría de niebla el poblado. Fray Justino y Fray Andrés ocupaban las horas haciendo oración y confortando a las almas que se acercaban a ellos.

Cuando de lo alto de la montaña divisaron el Valle, asiento de la Capital de Nueva España, no cabían en sí de admiración, pues las descripciones que habían recibido de personas que habían vuelto a España después de la conquista, se quedaban cortas, ante la magnificencia del panorama que tenían en el horizonte.

Como durante todo el viaje, los Hermanos de la Cruz se presentaron en el Convento de San Francisco, en la calle de Plateros, donde fueron recibidos con esa alegre cortesía que caracterizaba a los Hermanos Franciscanos, que mucho se alegraban de que hubiera religiosos preocupados por la evangelización de los indios.

Al día siguiente de su llegada se apersonaron en la Casa del Arzobispado para entrevistarse con el Señor Arzobispo, a quien hicieron entrega de las cartas extendidas por su Superior y la enviada por el Rey. De inmediato fue satisfecha la necesidad de un terreno amplio ubicado a un costado de la Calzada de Azcapotzalco, muy cerca del quemadero. En el sitio existían unas viejas casas que tendrían que ser demolidas. Fray Justino contrató los servicios de un Agrimensor Español radicado en Nueva España, quien se encargaría de delimitar y trazar el terreno, en tanto, Fray Justino, auxiliado por los Hermanos Franciscanos, realizaron los planos de lo que sería la Casa de los Hermanos de la Santa Cruz.

El tres de Mayo, día de la Santa Cruz, se colocó la primera piedra de la nueva Casa. La Santa Misa fue celebrada por el Señor Arzobispo, con la Presencia del Virrey y todos los funcionarios de la Administración, así como representantes de las casas de religiosos y religiosas asentados en la Capital. Fue un suceso memorable, se llevó a cabo una verbena para la plebe, en tanto la gente importante disfrutó de un agradable banquete, servido en lo que sería la huerta del convento. La casa fue bendecida solemnemente el 3 de mayo de 1605, recibiendo a sus primeros doce novicios.

Lo que los buenos Padres ignoraban era que, entre esos primeros candidatos a recibir las Sagradas Órdenes, se estaba colando un enviado del maligno; tiempo tendrían de lamentarse de esa grave situación.

Los primeros doce meses de trabajo, fueron intensos, pues Fray Justino, Fray Andrés y el recién desembarcado Fray Nepomuceno, se entregaron a la organización de la Casa, a la vez que iniciaban la preparación de los novicios, quienes, además del tiempo dedicado al aprendizaje de la Regla y al seguimiento del Oficio Divino, debían colaborar en toda la administración de la Casa, desde la elaboración de los alimentos, hasta la limpieza de toda la Casa.

La primera ordenanza de la Regla, era la obediencia, cosa que once de los novicios aceptaban ciegamente; no así el sexto, de nombre Don Juan de Sayavedra, entregado por sus padres a la Orden, acompañado de una atractiva dote, para que los monjes intentaran volverlo al buen camino, pues se había entregado a los vicios y a la disipación, alejándose de los sagrados dictados de la Santa Iglesia.

El citado Don Juan, en adelante sería simplemente llamado Juan, pues el tratamiento de “Don” debería quedarse en el mundo, dentro de la Orden, todos eran simplemente Hermanos que servían al Sagrado mandato del Crucificado.

En el mes trece, después de la Bendición de la Casa, uno de los novicios apareció muerto en la huerta, colgado de un árbol. Como era su obligación, Fray Justino avisó a las autoridades judiciales y a los padres del occiso, Don García de Salanueva y Escandón y a Doña Ana de Gracia. Don García de Salanueva era un rico mercader, con mucha influencia en las esferas del Virreinato, por lo que no tardaron en enviar al Alguacil Mayor a investigar el asunto.

Después de revisar el lugar del crimen, el Alguacil determinó que se trataba de un suicidio, por lo que autorizó a Fray Justino a levantar el cuerpo y darle sepultura. Como era su obligación, el Abad comunicó los hechos al señor Arzobispo, quien dictó excomunión mayor para el suicida y determinó que no se sepultara en lugar consagrado, por lo que se hizo la inhumación del cuerpo en los terrenos de la huerta.

Los meses pasaban y no había resultados y la Casa seguía su vida; nuevos novicios entraban a formar parte de la Orden y dos hombres, naturales de la región, fueron aceptados como Hermanos Legos, por su analfabetismo no podían ser admitidos como Novicios, pero por su dedicación a la oración, fueron aceptados para desempeñar labores de Portero, limpieza y cocina, dejando en libertad a los Novicios para dedicarse a la Liturgia de las Horas, la meditación y el estudio. Los Hermanos Legos fueron bautizados por Fray Justino, con los nombres de Antonio y Alfonso. Ellos también hacían los recados al exterior del convento.

Al día siguiente de la in humación del novicio muerto, llegó a incorporarse a la Abadía, Fray Michel, con el cargo de Boticario y encargado del Dispensario. En ausencia de Fray Justino, Fray Andrés le comunicó al recién llegado las infaustas noticias; intrigado, Fray Michel pidió al religioso le mostrara el sitio del suicidio, notando de inmediato pistas que le indicaban que en ese sitio se había cometido un crimen, así lo comunicó a Fray Andrés, tomó algunas notas e hizo unos dibujos de la escena; así también, encontró lo que pudo haber sido el arma homicida.

Para el mes de marzo de 1606, la Orden de los Hermanos de la Santa Cruz tenía ya treinta Novicios, Tres Religiosos y dos Hermanos Legos, lo que representaba una carga de trabajo constante y creciente, pues entre los tres Padres Formadores se repartían la enseñaza de Teología, Filosofía, Latín, Griego, Retórica, etc., además, poner en funcionamiento el Scriptorium para poder tener los ejemplares de los Libros Sagrados copiados de los textos que habían traído de España. No todos los Novicios eran aptos para ese particular servicio, pero todos participaban en tareas relacionadas, como la preparación de tintas y plumas, la selección y tratamiento de papeles y pergaminos, así como de las pieles de oveja para la fabricación de cubiertas.

El crimen del Novicio en el primer año de la Casa, parecería haber quedado impune, pero tanto Fray Michel y Fray Andrés, tenían muy pendiente el suceso y continuaban con sus pesquisas. Si el asesino era uno de los Novicios originales, pensaban que la confianza de no haber sido descubierto lo podría llevar a cometer algún error, de manera que todos eran discretamente observados. Otros sucesos importantes se fueron desarrollando para llevar a los frailes a la resolución del crimen.

Ffray Michel era un hombre muy interesado en la ciencia médica, por lo que, durante una estancia de apoyo a un hospital lazareto, a donde es requerido para atender una epidemia de lepra, Fray Michel conoce a un Cirujano, a quien proporciona un medicamento anestésico desconocido en México, lo que le gana la estimación del galeno, por medio del cual participa en algunas disecciones, cosa prohibida en su tiempo por el Santo Oficio.

Historia ficticia que solamente aporta ciertos datos históricos para ubicación en tiempo y lugar, pero que muestra la forma de vida en aquellos tiempos.